Hace décadas ya que a mucha gente que dispusiera de medios terrenales para hacerlo se le ocurrió que el paraíso perdido era Marbella, y que por lo tanto bien estaría tener allí una casa de veraneo, frente al mar. O con vistas sobre el mar. La morfología de la vivienda, pues, estará definida por su relación visual con ese horizonte azul y dorado, entre el ramaje de las palmeras. En este caso, el arquitecto Guillermo Priego Iribarnegaray, del estudio OAM106, recibió el encargo de diseñar un proyecto para una parcela cuadrada, en una urbanización residencial, orientada a la bahía de Marbella y con tres de sus lados sobre el límite de los terrenos vecinos.

Sin duda, el mar tenía que ser el imán que atrajera las perspectivas de la vivienda. El clima –la atmósfera, el paisaje mediterráneo, el ocio y la sociabilidad al aire libre…– tenía que ser el principio generador de los espacios, el verdadero protagonista de la obra. Como si la casa se pusiera unas gafas o viseras laterales, marginara a sus vecinas y solo antepusiera –entre el mar y los interiores– la visión de la piscina y de una pérgola blanca y alargada. Todas las estancias principales miran al mar, con visuales cruzadas desde el eje distribuidor. En ese eje, difunde luz un patio interior que es como una caja de cristal a doble altura, con suelo de grava blanca y un arbolito solitario con aire de escultura.

Desde los sofás del porche, desde la piscina (nadando o reposando en las tumbonas), desde la pérgola blanca perpendicular a la fachada, desde las terrazas contiguas a los dormitorios y desde los interiores sociales, a través de grandes huecos, toda la casa busca el mar, ese fragmento de inmensidad acotado por las palmeras y las manchas de furioso violeta de las buganvillas floridas. Las ventanas correderas abren de suelo a techo la visión desde la zona compuesta por el salón, el comedor y la cocina que, como espacio único, se vuelca en el porche. La cocina es la pieza clave de la casa ya que articula la vida doméstica a todas horas. No solo durante el desayuno, la comida o la cena ya que también –por su ubicación estratégica– los momentos de lectura, siesta o charla de sobremesa transcurren a menudo a su alrededor. “La casa se ha proyectado –resume el arquitecto– para disfrutar del buen clima del lugar”.



Entre el porche, la piscina y la pérgola se dibuja el escenario más frecuentado por la familia, en pleno verano, en relación directa con la cocina. Signos esbeltos –cipreses, columnas– pautan con marcas verticales el espacio exterior, entre el porche y la pérgola. Y –de especial interés, el detalle– la horizontalidad de los suelos (tablas de madera en el exterior, piezas de mármol en el interior) está trazada de manera paralela al mar. Como la longitud de la piscina. El rectángulo de la pérgola es, en cambio, perpendicular al mar, y tiende hacia él encauzando la mirada y el deseo de zambullirse en las olas tibias. Especial atención merecen los pavimentos interiores, realizados con piedra caliza marmórea traída del Cáucaso (mármol grey osiris), con algunos tenues restos fósiles visibles y con un tratamiento de acabado que logra una textura tan rugosa como amable. El dormitorio principal –con una terraza cubierta y otra descubierta– está situado en la planta alta y es uno de los espacios más armoniosos de la casa, en blanco y ocres. Un lugar claro y en calma, entregado al ardiente verano marbellí.

Otro foco de interés que ofrece este proyecto son las perspectivas interiores y exteriores que favorece –de la manera más contemporánea y, por lo demás, rayana en la abstracción– la distribución de los espacios. Según desde donde miremos, podemos gozar de diversos encuadres, figuraciones geométricas y dibujos paisajísticos. Desde una terraza de la planta alta, por ejemplo, además de las vistas edénicas de la bahía, el proyecto exhibe otros panoramas, construidos por el propio edificio: es una imagen de verano casi pictórica, compuesta por un ángulo de la piscina, una serie de tumbonas blancas con sus sombras sobre el pavimento de piedra caliza, surcado con líneas de grave y senderos de madera. Y una sombrilla blanca, acompañada por una línea de abetos. O el patio interior de cristal visto también desde la planta alta, como una instalación de arte en una galería blanca.

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