Todos los días, millones de personas alrededor del mundo luchan contra enfermedades crónicas que amenazan sus vidas y, tristemente en muchos casos, terminan por destrozar los sueños de más de uno.

Esta era la situación de Bailey, un niño de nueve años que demostró que el amor por su familia era más fuerte de lo que ningún diagnóstico médico pudo haber predicho. Él ahora está en el cielo, pero antes de su partida alcanzó la mayor de sus metas: conocer y cargar en brazos a su hermana menor.

Una batalla que duró 15 meses

niño sin cabello enfermo en hospital

A la mitad del proceso su mamá quedó embarazada, por lo que Bailey canalizó todo su deseo de vencer la enfermedad en la ilusión de conocer a su pequeña hermana.

Los doctores le dieron semanas o incluso días

niño en cama de hospirtal

En agosto de 2018 los tratamientos y la quimioterapia dejaron de hacer su trabajo y debilitaron el sistema de Bailey. Una vez que el cáncer se expandió por su pequeño cuerpo, él se alejaba cada vez más de la posibilidad de conocer a su hermana.

Él eligió el nombre: Millie

niño sin pelo cargando a niña bebé

A pesar de esto, Bailey sorprendió a sus doctores cuando venció los pronósticos y llegó a noviembre del 2018, fecha en la que nació Millie.

Los médicos dijeron que se iba a ir antes de que naciera Millie. Él no lo hizo, peleó, y de camino al hospital dijo que deberíamos llamarla Millie.

En el momento en que la conoció comenzó a empeorar rápidamente

niño con gorro negro cargando a bebé

La pequeña nació en noviembre y Bailey tuvo el placer de cargarla en brazos; era el hermano mayor más orgulloso del mundo.

No pensaríamos que duraría tanto tiempo, pero estaba decidido a conocer a Millie. Llegó a finales de noviembre y la pudo ver.

Así se veía el hermano mayor más feliz del mundo

niño sin cabello cambiando a bebé

La abrazó e hizo todo lo que un hermano mayor haría: cambiarla, lavarla, cantarle…

El 22 de diciembre llegó de emergencia al hospital

niño en cama de hospital con cabello corto

Nos sentamos ahí hora tras hora, viéndolo irse. Le leímos cuentos y escuchamos su música favorita. A las 11:45 estábamos junto a su cama y le dijimos: ‘es hora de irse, Bailey’.

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