Quién lo diría, lo que parecía impensable funciona: un edificio brutalista de la antigua Yugoslavia unido a un sobrio y elegante edificio de piedra blanca de principios del siglo XX. El pegamento hace mucho, que no es otro que la idílica costa de Croacia, con una isla enfrente que fue el edén de los últimos emperadores Habsburgo y la bella Dubrovnik a mano derecha. Además, el hotel Excelsior brilla ahora con mejor cara que nunca, debido a que ha pasado en fechas recientes por una profunda rehabilitación comandada por un equipo de arquitectos y diseñadores croatas para conseguir un assemblage aún más redondo (de los deliciosos vinos locales hablaremos en otro momento y lugar).

Exhibe ahora el hotel un diseño fresco, moderno y elegante, conjuntado tonos terrosos de gris y nogal con azules y verdes, colores que no son otros sino los del entorno del hotel. No se podía desaprovechar semejante paisaje: la isla de verde mediterráneo, los cipreses que pespuntean las rocosa pared que cae sobre el Adriático, la tenue piedra del casco antiguo medieval reflejando los rayos del sol… Todo ello lo podremos contemplar desde la terraza de sus 158 espaciosas habitaciones, decoradas sin alardes pero con el máximo confort para que protagonicen la escena esas vistas.

Hay también mucha historia de la que hablar. El Excelsior abrió para acoger a las celebrities que cada vez se interesaban más por este litoral, el cual posee una joya de arrebatadora arquitectura amurallada como es Dubrovnik (set de rodaje de Desembarco del Rey en Juego de Tronos). La privacidad la obtenían en la plataforma de vieja piedra sobre el mar, desde la que hoy se salta al mar con la misma felicidad que antaño, sabiendo que espera en la tumbona nuestra bebida favorita. El hotel se amplió con la mencionada extensión para seguir creciendo en pleno boom turístico croata –paralelo al de España– y, tras la guerra de los Balcanes, fue de los primeros edificios en rehabilitarse para que Dubrovnik pudiera seguir refulgiendo con el esplendor de antaño.

Ahora vayamos a lo nuestro, a la indulgencia de las vacaciones. Hablábamos de ese refrescante baño. Al finalizar la mañana, en una esquina del gran muelle, podremos comer al aire libre tal como lo hacían los actores y actrices que acudían al festival de cine de Dubrovnik. Detrás se encuentra su gran piscina interior, de 20 metros de largo, y las salas de masajes. Los comedores y el restaurante a la carta se encuentran un poco más arriba, dispuestos de nuevo para disfrutar con el panorama frente a la ventana. Quizá después de cenar nos apetezca recostarnos en una longue chair de los Eames para seguir degustando un sedoso vino de malvasía.

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