El 19 de mayo Londres volverá a ser el centro del universo con la última gran boda del siglo, el enlace entre el príncipe Harry y la ex actriz estadounidense Meghan Markle. Será una buena oportunidad para asombrarse una vez más con el desparpajo desprejuiciado con el que los británicos mezclan orgullo patrio y amor por sus esencias con el más puro mercantilismo. Desde una perspectiva meramente práctica, es difícil no simpatizar con una estirpe, los Windsor, que es una auténtica máquina de hacer dinero; al menos para el sector del turismo, las baratijas de souvenir y el papel cuché.

Pero obviamente no hay que buscar la excusa real para escaparse a Londres. La capital británica es uno de esos sitios del planeta a los que siempre apetece volver, porque en esa moderna Babilonia (en afortunada expresión del cineasta Julien Temple, que en el documental London The Modern Babylon filmó su particular declaración de amor a su ciudad con motivo de los Juegos Olímpicos de 2012) siempre están sucediendo cosas.

Londres late con beat irresistible compuesto de moda, gente y música. Es atractiva, orgullosa, como cualquier metrópoli contradictoria, revolucionaria y posh (pija) a la vez. Es capaz de integrar la tradición o de darle la espalda, según le convenga. Los creadores la aman y la quieren conquistar, y ella se deja querer. En Londres nacen tendencias porque se asumen riesgos.

No es extraño que guiada por ese beat irresistible haya aprovechado cada una de las oportunidades brindadas para gestar una revolución urbanística. Como la acontecida en Southwark, la orilla antaño olvidada del Támesis, remodelada en los últimos veinte años con eficacia y que ahora atesora joyas; entre otras, una magistral Tate Modern ampliada y firmada por los suizos Herzog & De Meuron, unos apartamentos de lujo de Richard Rogers o un London City Hall de Foster.



O como la revolución que también supuso ampliar el distrito financiero de la City –ese espacio céntrico de tan solo dos kilómetros cuadrados de extensión, en el que, sin embargo, trabajan 330.000 hombres y mujeres que mueven cada día dos billones de dólares– hacia los Docklands y que cambió por completo el skyline de la ciudad.

Son muchos los grandes nombres de la arquitectura –Norman Foster, Richard Rogers, John Pawson o la fallecida Zaha Hadid– que han escogido la ciudad para vivir. Londres caza al vuelo cualquier aire de renovación y se apodera de él. Tanto puede ser un cambio de milenio –pocas ciudades celebraron tan a lo grande la llegada del año 2000, y como muestra el Millenium Bridge de Norman Foster– como unos aclamados Juegos Olímpicos que en el año 2012 se encargaron de insuflar aire al mítico East End, donde hace algunas décadas no se acercaba un solo turista.

Nada se le escapa a una Londres interracial, intercultural e interclasista. Puede abrir House of Vans, un centro de cultura skate situado en Waterloo que da voz a las tags del street art o renovar una clásica Somerset House y cantar a la tradición desde el nuevo patio del British Museum. Sea como sea, sigue manteniéndose como el gran centro neurálgico de Europa en cuanto a modas y uno de sus lugares más vivos y vibrantes. Con el Brexit y la vieja Gran Bretaña a su pesar.

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