Al entrar en la casa, el visitante no está muy seguro de dónde emana la luz. Una abundante luz verdosa baña esta casa, atravesándola verticalmente, entre la planta principal y la inferior, subterránea. Como si la luz, además de llegar del cielo, proviniera también de la tierra. Como si un fluido luminoso subiera y bajara en un ascensor de cristal.

Ese tubo transparente (“pozo de luz”, lo llaman los arquitectos) tiene siete metros de altura y está situado en el propio centro de la casa, creando un espacio singular, hecho de plantas y de reflejos, de volúmenes que parecen casi incorpóreos según su relación con la luz. Objetos que adquieren vida propia, que parecen cambiar de piel delante de nuestros ojos: una mesa oval de madera que de pronto se vuelve casi líquida, una butaca ocre que adelgaza o que se derrama, como un reloj de Dalí, según cómo incida el paso del sol sobre ese cuadrado tubular que es el alma de la casa.

La Villa van Esch se encuentra en una zona residencial arbolada de los Países Bajos, y el proyecto es obra del estudio Bedaux de Brouwer Architecten. El programa distribuido es simple y, en todo sentido, claro: en el nivel superior, un espacio social abierto al jardín, y en el subsuelo, las habitaciones iluminadas por ese patio interior de bambúes, plantados en tierra y que desde aquí han crecido a gran velocidad, atravesando toda la casa.

Cerrada la fachada norte por una larga pared de ladrillo oscuro, las restantes son de vidrio transparente y dejan ver el jardín. Los acabados en acero cromado, en aluminio anodizado y en hormigón encofrado aportan sus acordes (acompañando al vidrio) a la arquitectura límpida ideada por los arquitectos para esta casa con luz propia.

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