Afirma el gran maestro Miguel Milá, autor de algunas lámparas icónicas del diseño español como la Cesta o la TMM, que la mejor luminaria es la que alumbra y no deslumbra. Una perogrullada que sin embargo no parece tan fácil de trasladar a un proyecto de iluminación concreto. Porque demasiado a menudo nos encontramos con espacios “aplanados” por una luz excesiva en aras de una buena visibilidad mal entendida. Y su contrario, lugares en los que casi hay que ir a tientas por una idea equivocada de intimidad o de ahorro energético.

La iluminación eficiente no solo hay que entenderla en términos de consumo, sino también desde el punto de vista estético y emocional. Es la que nos permite interpretar un espacio y todos sus atributos –profundidad, amplitud–, a la vez que ayuda a reforzar nuestros ciclos biológicos naturales de actividad y descanso, induciéndonos sensación de bienestar.



Todo ello es posible con los nuevos avances de la fuente de luz por antonomasia de nuestro tiempo, el LED, que en los últimos años ha mejorado notablemente sus prestaciones –con índices de reproducción cromática (IRC) próximos a 90, que ya igualan a los de las antiguas bombillas incandescentes, y una mejor capacidad de producir luz cálida– mientras su precio no deja de bajar. Su uso inteligente es la mejor garantía de un espacio bien iluminado, confortable y eficiente.

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