Manhattan obliga constantemente a levantar la cabeza para admirar esos prodigios de acero y cristal que se yerguen orgullosos hacia el cielo. ¿Cómo desviar la atención del transeúnte hacia una arquitectura más contenida y sutil, cuyo simbolismo no radica en la mera ostentación del poder financiero?

En su proyecto para el Museo Whitney (1966), Marcel Breuer, arquitecto de origen húngaro formado en la Bauhaus, optó por el contraste y el diálogo de contrarios: frente al exhibicionismo de sus esbeltos vecinos creó un bloque compacto de granito ensimismado, casi ciego, que generaba extrañeza y curiosidad por lo que encerraba dentro.

La decisión de retranquear la fachada a modo de pirámide escalonada invertida y retirarla de la línea de la calle evoca una doble idea de distanciamiento físico y mental: el primero ayuda a contemplar el edificio en perspectiva; el segundo predispone para gozar del arte en su plenitud.

La ampliación de los fondos del museo dejó pequeña la sede de la avenida Madison y obligó a construir otra más grande en el bajo Manhattan, obra de Renzo Piano. En 2016, tras un trabajo de adecuación del estudio Beyer Blinder Belle, reabrió para acoger las colecciones de arte de los siglos XX y XXI del Museo Metropolitano de Nueva York.

Una etapa que a la postre se ha revelado breve, ya que tras cerrar en marzo de 2020 a causa de la pandemia de COVID-19, en junio el museo anunció que ya no reabriría sus puertas. El edificio ha sido transferido a la Colección Frick, que planea habilitarlo como espacio provisional para sus colecciones mientras ejecuta las obras de ampliación de su sede principal.

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