Antes había sido una magnífica mansión y ahora es un confortable y encantador hogar gracias a la complicidad que surgió durante el proceso de renovación entre sus nuevos propietarios, una pareja con dos niños adolescentes, y el arquitecto suizo Berner Urs Rüfenacht, de cuyos abuelos heredó la casa.

Los 2.800 metros cuadrados de terreno y la solera de la casa sedujeron a primera vista a la pareja, un suizo y una calabresa, que decidieron que sería el escenario ideal para su vida familiar. Él es una apasionado de la jardinería y ha colaborado intensamente en el diseño del espléndido jardín, conservando los viejos árboles y creando macizos de arbustos y vegetación autóctona. En la casa se ha mantenido todo aquello de valor, como los panelados de madera de alerce que abrigan el estar, el suelo de madera de roble de la planta superior o los numerosos armarios empotrados.



La coherencia que desprenden los interiores, amueblados con piezas de moderno diseño, se debe a que no se ha renunciado a crear un espacio confortable y eficiente, pero tampoco se han destruido los vestigios de la construcción original. La cocina se ha transformado totalmente: el mobiliario integral, de Boffi, lacado en blanco, no hace concesiones al pasado, como tampoco lo hacen las nuevas aberturas que se han practicado en la planta noble para asomar su interior a las vistas del jardín y diluir las fronteras entre el comedor-cocina y la nueva terraza entarimada. Aquí se respira nueva vida, por eso son los niños los que ponen la mesa.

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