Desde Nueva York, Kirsten Sittard-Contaroudas se trasladó a Londres, donde se instaló primero en un pequeño loft en el edificio Piper, llamado así por los coloristas murales que el artista vanguardista John Piper realizó en su fachada en la década de los años sesenta. El edificio se reconvirtió a finales de los años noventa en un conjunto de setenta lofts de diferentes tamaños. Kirsten ocupó primero uno muy pequeño, y al formar una familia compró el de al lado, de mayor tamaño, y los unió para conseguir esta amplia vivienda de 270 metros cuadrados que ahora comparte con su marido y sus hijos.

Para el proyecto de diseño contó con el arquitecto Dominikus Stark, quien ya se había encargado de su primera casa y conocía las preferencias de su clienta. El objetivo era convertir el espacio diáfano en una casa familiar en la que pudiera convivir la tipología loft con zonas privadas para el matrimonio y los niños.



El comedor, la cocina y el estar ocupan el centro de la vivienda, con ventanales que se asoman al río Támesis. Desde este espacio central se puede acceder a las zonas privadas adyacentes –por un lado, la zona de los padres con dormitorio, vestidor y cuarto de baño, y por otro los dormitorios de los niños y un baño, una sala de estar y un dormitorio de invitados–. El gran acierto fue optar por un diseño sencillo y claro, en el que las paredes y los muebles blancos permiten que en el suelo destaque la imponente madera de abeto Douglas, de 30 cm de ancho, de la firma danesa Dinesen.

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