Parece que el tópico por fin está cayendo, y la leyenda negra en torno a la construcción prefabricada en España (eso de que estaban hechas con materiales de poca calidad y de que tenían un diseño poco atractivo) empieza a ser cosa del pasado. Según datos del portal Habitissimo, la demanda de viviendas industrializadas se ha triplicado en nuestro país en los últimos años, pasando de 2.000 proyectos en 2015 a 7.000 en 2017.

La crisis económica que hemos padecido en la pasada década ha tenido mucho que ver en este despegue. Del lado de los profesionales, ha obligado a los estudios de arquitectura y las empresas constructoras a reciclarse, reinventarse e introducirse en un campo por el que antes mostraban escaso interés. Y con este desembarco ha llegado una mayor experimentación formal y tecnológica en busca de la diferenciación. Hoy en día, industrializar no significa estandarizar a la baja la creatividad y el rigor en la proyección y realización de un edificio; al contrario, probablemente es la mejor forma de asegurar que entre la idea original y el resultado final no se queda nada en el camino.

Del lado de los usuarios, tres son los motivos fundamentales que apoyan el auge de la construcción industrializada: unos costes más ajustados –el precio medio de estas construcciones industrializadas está entre 800 y 1.000 euros el metro cuadrado, mientras que las tradicionales oscilan entre los 1.300 y 1.600–, unos plazos más breves de ejecución y la posibilidad de modificar con cierta facilidad el proyecto original por el carácter modular de la construcción.



Por su ligereza, facilidad de trabajo y acabado natural, la madera es el material de referencia en este tipo de arquitectura, especialmente desde el desarrollo de sistemas constructivos como los paneles contralaminados CLT –formados por tablas de madera encoladas por capas y cruzadas entre las mismas, lo que confiere a los paneles una gran estabilidad y resistencia–. Pero las posibilidades de la nueva construcción modular hacen que incluso un material “pesado” como el hormigón pueda industrializarse con resultados sorprendentes.

Por último, pero no menos importante, está la huella ecológica de las casas prefabricadas. Al construirse en entornos industriales controlados, y montarse luego en su emplazamiento definitivo en muchos casos con sistemas en seco o uniones mecánicas, el empleo de material y el gasto de agua es mucho más reducido. Son también proyectos que incorporan los últimos avances en aislamiento térmico, con lo que suelen emplear mucho menos energía para proporcionar condiciones de confort a sus habitantes. Su verdadera eficiencia radica en el ahorro energético que proporcionan a largo plazo.

Frente a los estereotipos y los recelos culturales, las casas prefabricadas poco a poco van imponiendo la fuerza de una arquitectura inmediata, limpia y a un coste competitivo.

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